Un atardecer al otro lado del mundo

La puesta del sol yo la asocio con esa hora del día que invita a hacer una pausa. En invierno buscamos ya estar en casa, al resguardo del frío, tomando algo calentito. En verano, por el contrario, es ese el momento que esperamos para salir y respirar los primeros frescos que anteceden a la noche. Pero siempre, la caída del sol llama al recogimiento, a la introspección, al estar, aunque solo sea por unos minutos, con nosotros mismos.

Recuerdo haber visto infinidad de amaneceres a lo largo de mi vida.  Sobre todo en la adolescencia, cuando veraneábamos en la costa Atlántica Argentina, y parecía ser una visita obligada ir al menos una vez por temporada, a la playa, a las cinco de la mañana, a ver el inmenso sol aparecerse detrás del mar.

No me sucede lo mismo con los atardeceres. Vi alguno que otro andando en las rutas, sobre el horizonte de algún campo, o desde alguna montaña sobre  el valle, o incluso, recuerdo haber visto alguno en el mar, en las playas de Uruguay… Pero este tenía una particularidad, era especial, era mi primer atardecer al otro lado del mundo.

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Estábamos en Tropea, junto al mar Tirreno. Era primavera y corría una suave brisa. Mis hermanas y yo nos acercamos hasta el mirador para presenciar aquel festival de matices y tonalidades. Nos ubicamos en un banco que parecía estar esperándonos. Todo estaba listo. Las sensaciones empezaron a aflorar, todas lindas y agradables. A medida que el sol iba bajando para perderse en la lejanía, más y más personas se aproximaban para dejar constancia en sus cámaras de ese momento único y precioso. Reinaba el silencio. El sol todavía podía apreciarse en su totalidad. Comenzó a bajar mientras lo observábamos. Luego se topó con un grupo de nubes que lo dejó tras ellas. Por ese lapso desapareció de nuestra vista, y hasta pensamos que perderíamos la oportunidad de verlo irse tras el horizonte. Pero no fue así, al rato reapareció con sus intensos naranjas y rojos imponiéndose entre los azules del cielo y del mar. Lo vimos descender paso a paso. Yo no dejaba de mirarlo, aunque me obnubilara, no me importaba, no quería perderme detalle de aquella maravilla. El sol siguió su curso, igual que lo hacía cada día. Y en ese momento pensaba en los millones y millones de personas que miran el sol a diario, cuantos de ellos lo harán al mismo tiempo, y en su inevitable poder de conexión y acercamiento que posee hacia todo el planeta. Y mientras seguía brindándonos su brillo y su luz, de pronto… desapareció, se escondió tras la linea del horizonte para dar paso a la noche,  y así, aparecer, seguramente, en otro rincón del mundo, donde otras personas se dispondrían y se ubicarían para ver su salida, advirtiendo que un nuevo día había comenzado.

LA PUESTA DEL SOL, SIN PRISA, PERO SIN PAUSA

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